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lacarreradelsiglo

El faisán -2 de 5-

II.

- ¿Qué me has cocinado hoy?

- Faisán

- ¿Cómo?

- Trufeé

- Cuéntame cómo lo haces...

Tomó delicadamente aquel rostro entre sus manos, y con dulzura acercó sus labios a los del jovencísimo rey. A tan poca distancia se podía observar, a través de los afeites, la tersura de su piel y la suavidad de sus rasgos casi adolescentes, imperceptiblemente ruborizados bajo el maquillaje que envolvía su tez. Tiernamente lo besó, y sin apartarse apenas de su cara, recorrió con lentitud la distancia que separaba su boca de su oreja, susurrándole al oído

- Se escoge un faisán de tierna edad, preferiblemente macho, criado en granja, atendido con el mayor de los mimos, y se le acaricia suavemente...

- Venga, cuéntamelo en serio...

- Ah, está bien, está bien... Primero, el faisandage: el ave debe permanecer colgada por las plumas de la cola, y sin desplumar -error frecuente entre los principiantes- por un periodo no superior a nueve días y nunca inferior a tres, en función del clima. Después, cumplido el plazo, se despluma, se asa, y se sirve envuelto en una hoja de papel previamente untada con mantequilla, para que coja color. Se acompaña de una salsa de uvas sin madurar, pimienta y sal; se aromatiza con trufas molidas et voi-la.

- Yo quiero saber tu toque secreto.

- Eso no te lo puedo decir...

- ¡Pero yo soy tu rey!

- No puedes imaginarte cuánto...

Para Colbert fue un golpe muy duro encontrar a su rey, el futuro gran monarca de una Europa doblegada a los pies de Francia, encamado y en actitud amatoria con un vulgar cocinero. Él, Jean-Baptiste Colbert, que durante los tres últimos años había resuelto con la espada cualquier mínima afrenta a la honorabilidad de Su Majestad, plantado de bruces frente a una burda alegoría en la que el pueblo, el populacho, la plebe, conseguía horadar -y con rotundo éxito- tantos años de esplendor de la dinastía borbónica. Bien es cierto que, como él mismo comentaría más tarde en sus círculos más íntimos, se hubiera ahorrado una notable cantidad de quebraderos de cabeza de haber mantenido el protocolo; pero la confianza que le unía con Su Majestad y las magníficas noticias que traía -la conquista del Franco Condado y la expulsión de las tropas españolas- le llevaron ofuscado a traspasar, sin previo aviso, las puertas de lo que él luego definiría como “su particular infierno”.

La investigación que lógicamente tuvo lugar a raíz de este hecho permitió saber que estas relaciones habían comenzado diez años atrás, en 1660, en una de las múltiples fiestas que por aquellas fechas tuvieron lugar en el castillo de Vaux-le-Vicomte, residencia del entonces ministro real Fouquet (curiosamente, tal y como los rumores populares venían a contar). Desde entonces venían sucediéndose con periodicidad, y explicaban la extraña admiración que durante la última década había llevado a Su Majestad a visitar con más frecuencia de lo natural al príncipe de Condé en su palacio. Esta veneración, hasta entonces interpretada por Colbert como un encomiable gesto de aprecio del monarca a los impagables esfuerzos de Condé frente a los tercios españoles en Rocroi y a lo largo de toda la Guerra de los Treinta años, no era sino un vulgar pretexto: Vatel, tras el trágico declive de su anterior señor (procesado y encerrado de por vida en la fortaleza de Pignerol), había pasado a engrosar las filas del servicio del castillo de Chantilly, residencia del citado Condé desde su triunfal retorno a Francia, amnistiado tras la Paz de los Pirineos y devuelto al ejercicio de sus dignidades y honores. Las visitas tenían ocasión con intervalos nunca superiores a treinta días, y generaban no pocas polémicas entre el resto de personalidades nobiliarias del reino, que veían como sus gentiles invitaciones al rey eran cortésmente rechazadas por su secretario, en favor del que en su día había sido considerado traidor a la madre patria.


Fue a raíz de este desgraciado incidente cuando Colbert inició la que sin duda sería su mayor gesta diplomática: convertir al rey, mediante notas cruzadas, falsos rumores, coacciones a grandes damas, sobornos a cronistas y toda suerte de trucos y artimañas, en el mayor tombeur de femmes de toda Francia. Y a fe que lo consiguió, como se colige de todos los tratados y biografías escritos hasta este, que parte del inesperado e impagable hallazgo de un documento hasta hoy inédito: las Memoires Secretes, de J. B. de Colbert, hijo y sucesor en el cargo del citado ministro Jean Baptiste Colbert”

De Luis XIV: el mito se derrumba, de V. Dufresne

Ed. Delacroix, 2001. Pág.136.

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