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El faisán -4 de 5-

IV.

                “....y así constantemente me veo obligado a variar la ubicación en palacio de los aposentos de Madame de Montespan y Madame de Maintenon, con el único objetivo de burlar el sofisticado entramado de espionaje de Saint-Simon, quien para ser el cronista oficial del Reino se muestra demasiado proclive a la provocación y más bien poco afecto a la monarquía. Su Majestad asiste perplejo a todos estos ardides, autorizándolos y asumiéndolos como propios simplemente porque yo se los propongo, como si de un antojo se tratase.

                Dios sabrá perdonar la inmodestia que supone mencionarlo aquí, pero lo cierto es que manejo estas artes con la maestría propia de una casamentera, urdiendo aquí y allá, siempre por el beneficio de mi bienamada Francia. Su Majestad no acaba de entender que se trata de una cuestión de Estado que heredé de mi padre; es el único modo de ocultar sus censurables aficiones e impedir que esa cotorra de Saint-Simon llegue a sospechar de las tendencias pecaminosas del Rey, a las que ni la muerte del fatídico Vatel, al que nunca llegué a conocer, ha puesto fin.  Dedico materialmente un tercio de mi trabajo diario a esta ingrata y compleja misión, generando rumores, expulsando a supuestas concubinas de la Corte o hablando sólo por los Salones a sabiendas de que por los rincones decenas de orejas permanecen atentas a mis palabras, consiguiendo así que Saint-Simon centre todos sus esfuerzos en conocer y criticar las libidinosas  costumbres de Su Majestad el Rey, al que ya ha dado en llamar “El Amante Impenitente”, relatando sin recato sus “constantes infidelidades y aventuras” y contribuyendo así, sin saberlo, a mi sacrificada causa.

                Facilita indudablemente mi labor el hecho de que Su Majestad, a la deriva en cuestiones amatorias, no ha perdido sin embargo el seso en lo que se refiere al futuro de Francia, aceptando -sin entusiasmo, eso sí- su deber de asegurar con hijos la continuidad dinástica de la casa borbona. Este hecho, unido a la aparente infertilidad de la reina, ha contribuido a que Su Majestad acepte fecundar ocasionalmente a alguna de las damas de la Corte, que aceptan encantadas a cambio de un marquesado. Después estas, convenientemente coaccionadas, chantajeadas o compradas, no ponen pegas en guardar silencio ante la impericia de Su Majestad, propagando en cambio por la Corte nuevas leyendas sobre el “desmedido apetito sexual” del Rey Sol.

 

                Conseguidas por la infatigable mano de mi padre durante este glorioso reinado proezas tales como armar el mayor ejército de Europa o la mejor marina que surca los mares, será sin embargo esta campaña, oculta a los ojos de los hombres y casi vencida ya ante la atroz estupidez de la nobleza parisina y la falta de sagacidad del relamido de Saint-Simon, la gesta que engrandecerá sin duda el nombre de mi familia, situando el apellido Colbert entre los más ilustres de la Historia de Francia.”

 

Extractado de las “Memoires Secretes”, de  J. B. de Colbert

(Pendientes de edición, págs. 112-115 del manuscrito original

en depósito en el Museo Arqueológico de París)

 

En la noche del segundo al tercer día de festejos Vatel, profundamente despechado por no haber sido citado por el Rey la noche precedente ni invitado a tomar el té tras ninguna de las comidas celebradas, irrumpió a través del corredor secreto en la Cámara que ocupaba Su Majestad.  Con sorpresa pudo ver como el monarca yacía desnudo, de espaldas, con la cara hundida entre las ingles de un joven muchacho de su séquito, que abrazado a la almohada se retorcía rítmicamente con el rostro ruborizado de placer. Su Majestad movía la cabeza de arriba abajo y hacia los lados con una suavidad que Vatel conocía bien, mientras con sus manos recorría lentamente el torso y el vientre de su complacido amante.

 

-          ¿Porqué me haces esto?

 

En un pequeño espasmo de placer el muchacho entreabrió los ojos y alcanzó a ver, en la penumbra, la figura del cocinero. Sobresaltado se irguió, sintiéndose descubierto en su pecado; no así Su Majestad, quien sin inmutarse posó con dulzura su mano sobre el pecho del joven recostándolo de nuevo y continuó recorriendo con su lengua la todavía imberbe anatomía del efebo.

Confundido en aquel profundo silencio, Vatel quedó petrificado junto a la puerta, a medio camino entre el despecho que le había guiado hasta allí y la inesperada morbidez de la imagen que veía ante sus ojos. Un escalofrío recorrió su cuerpo al imaginarse parte de tan lascivo lecho; pudo imaginarse envuelto entre la amada virilidad de Su Rey y la ternura y tersura de la piel de aquel joven paje iniciándose  por los senderos del placer. Solo la voz de Su Majestad, cortante y seca como nunca antes la había sentido, pudo sacarle del letargo en el que por unos segundos se había perdido.

 

Sin separar su rostro de la entrepierna del muchacho, y con hiriente ironía, el Rey dijo

 

-          Te presento a Maurice, mi nuevo, digamos, ayudante de Cámara. ¿No te parece... bello?

-          ¿Porqué me estás haciendo esto?

-          Ah, no seas niño, François. ¿Qué te sucede ahora? Siempre te acompañó el don de la palabra, ¿qué esta pasándote? ¿No te estarás haciendo mayor?

-          ¿Porqué?

-          “Es el designio divino el que corona a Su Majestad”. Un Rey no puede limitarse, no debe... sujetarse a cosas terrenales; el origen celestial de su cargo se lo impide. Una única fidelidad; Francia. Para lo demás, querido, un Rey lo es de sus súbditos: de todos ellos.

-          Pero tú...  me querías...

-          Qué lástima; no eres ni la sombra de ti mismo. Míralo, Maurice: la condición humana tiene estas contradicciones. El hombre que ahí ves fue, en otro tiempo, una de las lenguas más audaces de toda Francia. Y ahora apenas es capaz de balbucear su nombre, como un vulgar chiquillo. Qué lástima, Maurice, qué lástima...

-          ¿Cómo puedes hacerme esto?

-          Ah, mírate bien, Vatel; estás viejo y fofo. Ya no eres digno de un Rey.

 

Desdibujado y hundido, Vatel era por primera vez en su vida incapaz de saber qué decir. Le temblaban las piernas, su respiración era entrecortada y su pulso latía desacompasado, como si el corazón se le fuera a salir. Con notable esfuerzo pudo finalmente apartar su mirada del Rey, y cabizbajo se giró en dirección a la librería que ocultaba el acceso secreto.

 

-          Y mucho cuidado con lo que haces o dices, Vatel. Recuerda que Yo soy tu Rey; podría hundirte con tan solo mover un dedo. No quisiera tener que humillar a aquel a quién una vez quise...

 

Vatel volvió su mirada hacia el lecho real como ausente; aún pudo ver como Su Majestad abandonaba la posición en la que había permanecido para avanzar entre las sábanas e introducir su regio sexo en la boca de aquel muchacho. Desolado abandonó la Cámara Real, y regresó a su habitación, donde permaneció en vela durante todas las horas de noche que quedaban.
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